Nada muere ─dicen los cardos─, mientras aquí se cosechen
espejos.
La muerte no es más que un plato de neblina, un desierto
habitable.
Existen puñados de hijillo en cada una de mis arrugas, nada
se oxida,
salvo las palabras que no se dicen con el pleno
consentimiento del azogue.
Nada muere sin conocer las calles del aliento, el veneno de
las flores
o sin conocer el cadáver exquisito del surco que atraviesa cada
orquídea.
Tengo calles tan vivas en mis sienes, campos donde ondula
incluso la lluvia;
en el devenir del luto, el lento caminar de la espera. Veo pasar las alondras.
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