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viernes, 21 de julio de 2017

Sobre el cielo


Hay un lugar
donde las aves
nadan en el mar
y los peces cruzan
los cielos al volar.

Vamos niño,
ven a jugar,
di cualquier cosa
y te regalaré una rosa.

Las piedras hablan,
los hombres son duros;
echa a volar tu imaginación
y con pedazos de sol
dibuja luz en tu corazón.

¡Vamos, vamos,
ustedes pueden!
El cielo está en sus manos:
pídanle alas, yo las hilvano,
pidan alegría,
pues yo Jesús regalo maravillas.

jueves, 20 de julio de 2017

Réquiem a deshora


Tengo tiempo de no atisbar al laberinto.
Las hojas requiebran el viento que inhóspito pregona
y destiñe las palabras lanzadas con asco al vacío.
La noche es una niña acostumbrada al patíbulo.
Dentro del espejo ella es una mujer vestida de blanco.
Todos critican lo negro que es su corazón labrado en las sombras.
(Nadie conserva los rostros que ahí fingen sonreír.)
Incluso los ríos están hechos con sangre innavegable
y las piedras son músculos impalpables al reverso de la página.
¿Quién dirá el arrullo cuando ella se convierte en guillotina?
¿Cómo hará la luna para esconder su luz de los muertos?
Nadie sabe si ella vive o si ya es parte del itinerario de la locura.

miércoles, 19 de julio de 2017

Aceptación


Aquí, en esta casa deshabitada, 
la congoja tiene envoltura de oscuras manecillas,
cada grieta, cada muerte es una nota fría escrita con güistes.
(Aquí, también hay güistes y espectros y féretros con pómulos redimidos.)
La muerte está cerca, los ladrillos son imitadores de asfixia,
la niebla explota como olas enfurecidas contra la nada. 
Inevitablemente la rosa negra derrama un poco de sudor sobre vosotros,
ella expande sus enormes alas fabricadas bajo una borrasca de opio:
¿Con qué apagaremos tantas voces hundidas en la ciénaga?
¿Quién pondrá su mano para recibir la cortada del frío monstruo?
Al final, seremos los mismos muertos los que muramos y recibamos la misma escarcha.

martes, 18 de julio de 2017

Mariano Pérez


En aquella tarde de color cadavérico,
no era yo el que estaba esperando junto a ti;
yo no era, solo había hierba carmesí en torno a tu sofoco.
Luces apagadas, luciérnagas envejecidas por el paso de la herrumbre,
serpientes con colas monetarias y lenguas con mares muertos,
eran todo lo que adornaba la culpa y la pesadumbre del viejo amate.
Las moscas eran la única compañía mientras tu vida pasaba,
los perros escribían en tu aliento todo lo que escuchaban
y los cuervos seguían murmurando al sobrevolar con ansias el tejado.
Todos mis juegos, todas mis desobediencias,
fueron fermento en aquel barril donde tú guardabas todo.
Sabes, la polilla aunque sigue aquí, hoy acaba con lo que con esfuerzo obtuviste.