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miércoles, 20 de febrero de 2013

Traspié


Ahí donde no existe el cántaro del colchón, ahí donde la vida nos juega una mala pasada, ahí donde el traspié es un azote para nuestras culpas, esas que arrastramos y guardamos como crónicas en el zapato oxidado de los cofres; en la ventana, la brisa que tizna la sien del que observa; en las sábanas, el caldo de la guerra pasiva de los poros; en la Tierra, los lobos que se comen las costillas de sus hembras; en el vértigo, el vaivén del pistilo que se pasea en las aceras del azogue; en los matorrales, el sosiego del falo del averno; en los ríos, otros ríos que navegan en el navío del aceite; hoy, el bullicio de las guacalchías, comentando en el parque insepulto, ─¡no puedo decir nada de la muerte!, solamente que la lámpara estuvo encendida durante un tiempo, más tarde, se olvidó del gas que mantenía su luz, y luego la guadaña cobró su recompensa en el banco de las osamentas. Para mí, los espectros que se mueven en el eco, los lirios marchitos de la esperanza, los clavos que inyectan moho en el calcañar del pájaro clarinero, las chiltotas que proclaman justicia en las ramas de los departamentos; ayer, el vino añejo proclamaba el sinsabor de los trenes; los guijarros, un aumento salarial en los ríos; la multitud, un espacio en las noticias vagas de las ocho; ah las grietas, las cárcavas, que son denunciadas por la austeridad del muñeco que habla. Y nosotros amor, cazando moscardones con el matamoscas del insomnio, jugando al erotismo subyacente, buscando en la obscuridad del poema, una parte que se ha perdido en la herrumbre de los prados; mientras tanto, frente a nosotros, cae la brizna en las pupilas del techo; sangramos, luego el átomo poético, cura las heridas del vértigo centelleante.           

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